lunes, 30 de marzo de 2026

Cuando mi forma de ser tuvo un nombre



Toda la vida sentí que no encajaba y que, por ende, algo estaba mal en mí.

Desde niña me costaban cosas que a otros no, como adaptarme a pequeños cambios: sentarme en un puesto diferente a la hora de comer o acostumbrarme a la ropa al usarla. Siempre me costó socializar. Nunca logré establecer vínculos sanos y duraderos y, en general, me llevaba mejor con adultos que con personas de mi edad. Recuerdo que conversar con el inspector Boris Barril, en la básica, y con la inspectora Rosa Cuevas, en la media, me entretenía mucho más que hablar con mis compañeros.

También recuerdo el primer día de kínder. Ya no estaba la tía Anita del jardín, con quien me sentía segura. Todo era nuevo, y mi reacción fue hacer una “pataleta”. Lloraba, lloraba, e incluso recuerdo haberle pegado a mis profesoras. Fue difícil adaptarme a ese cambio, y en esos años mi mamá empezó a llevarme a terapia por mis conductas.

Pasé por muchos psicólogos y psiquiatras. Me diagnosticaron déficit atencional e hiperactividad, pero la verdad nunca me sentí identificada con las características del TDAH. Con el tiempo le perdí el sentido a seguir yendo a terapia y lo dejé, porque sentía que ninguna realmente estaba siendo efectiva para “mejorar” mi comportamiento.

Los años pasaron y esas conductas siguieron acompañándome. Incluso se sumaron otras: intolerancia al calor, a la luz intensa, a ciertos ruidos, y también episodios de obsesión con temas en específico. La diferencia fue que, con el tiempo, empecé a llevarme mejor con ellas. Creo que, por un lado, aprendí a convivir con estas formas de ser; y por otro, tuve el privilegio de crecer con una mamá que siempre me hizo sentir que estaba bien ser como yo era, incluso sin entenderme del todo muchas veces.

En el liceo tuve mi primer acercamiento al diagnóstico. Recuerdo que estaban hablando del Asperger en televisión y mi mamá buscó los síntomas en internet. Junto a mi hermana los leyeron, y muchas de mis conductas empezaron a hacer sentido. Sin embargo, el concepto estaba tan cargado de prejuicios que me molestó cuando me trataron de “autista”. Me negué rotundamente a aceptar esa posibilidad.

Pero mis conductas seguían ahí.

Cuando cambié de colegio en séptimo básico, ya no hice pataletas como en kínder ni reaccioné de forma explosiva, pero encontré otra manera de enfrentar el cambio. Mi mamá ponía Los Magníficos de RadioActiva todas las mañanas camino al colegio, y me gustó tanto que empecé a escuchar radio todo el día. Seguía sin conectar con mis pares, pero encontré un refugio. Uno que más adelante entendería como un hiperfoco.

Esa “adicción” por la radio me acompañó durante toda la media. Decidí que quería trabajar en ese mundo y estudiar periodismo. Cuando entré a la universidad, nuevamente me costó hacer amigos, pero me gustaba tanto la carrera que eso me permitió sostenerme. Además, me hice cercana al jefe de los estudios de radio, Pablo Fontena, quien me enseñó a ser radiocontrol y me acercó a mi meta de trabajar en radio.

A los 20 años, incluso antes de titularme, comencé una pasantía y luego mi primer reemplazo en Radio ADN. Postulé a un cargo sin saber exactamente qué función iba a desempeñar, pero sabía que implicaba trabajar en radio, y eso me bastaba. Era de radiocontrol.

Otra vez apareció la dificultad: no sabía bien cómo acercarme a las personas, cómo socializar, cuándo hablar o intervenir. Pero el trabajo era mecánico y estructurado, y eso me permitió desempeñarlo bien. Con el tiempo, me convertí en una de las pocas mujeres —y la única en ese momento en Prisa Media— en ejercer como radiocontrol.

Dos años más tarde, todo empezó a tomar otro sentido.

Llegué a Radio La Clave, también como radiocontrol, pero el contexto era distinto: más flexible, más dinámico, más demandante en adaptación y creatividad. Y ahí empecé a notar con más claridad mis dificultades. Un compañero notó mi rigidez y mi forma literal de interpretar instrucciones, y me preguntó si tenía algún diagnóstico. Esa pregunta quedó dando vueltas.

A los 22 años decidí volver a consultar. Fui a una psiquiatra, esta vez con otra disposición: no a “corregirme”, sino a entenderme. El término Asperger ya no se usaba como antes, pero el fondo era el mismo. La psiquiatra me confirmó que estaba dentro del espectro autista. Y, por primera vez, todo empezó a tener sentido.

Hoy entiendo que mi forma de ser no era un problema que había que corregir, sino una forma distinta de estar en el mundo.

El diagnóstico no me cambió, pero sí me dio un lenguaje para entenderme. Y aunque todavía estoy aprendiendo qué significa ser neurodivergente en mi día a día, hay algo que ya no cuestiono:

No es que no encajara… es que siempre estuve en otra sintonía.




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