martes, 21 de abril de 2026

Los Origenes De La Neurodivergencia (Parte II)


Continuamos nuestro viaje por la historia de la neurodivergencia. Si no has leído aún la parte I, te invitamos a que lo hagas, para no perderte nada sobre este artículo.

En este segundo tramo hablaremos desde el concepto de "la madre refrigerador", hasta el concepto de masking, pasando por la evolución en los distintos DSM. 


Psicosis Infantil y la Teoría Psicodinámica

A mediados del siglo XX, la dominancia del psicoanálisis en ese momento, transformó el enfoque biológico de Kanner en una narrativa de trauma ambiental. El psicoanalista Bruno Bettelheim, influenciado por su experiencia en campos de concentración, popularizó en los años 60 la teoría de la "madre refrigerador", argumentando que el autismo era una forma de psicosis infantil causada por el rechazo emocional materno. En esta época, el autismo se entendió como una "fortaleza vacía", como si fuera un mecanismo de defensa extremo donde el niño se sentía obligado a retirarse del mundo que percibía como hostil y amenazante.

Este concepto, tuvo consecuencias devastadoras para los autistas y sus familias, como también para el avance de la ciencia. Al tratar el autismo como una psicosis reactiva, el objetivo terapéutico era "curar" al niño mediante la separación de sus padres y largas terapias analíticas destinadas a reconstruir el yo.

Fue necesario que surgieran voces críticas, tanto desde la ciencia como desde los mismos padres, para desafiar el dogma predominante de esta época. El psicólogo Bernard Rimland, en 1964, fue uno de los primeros en rebatir la teoría de la madre refrigerador, insistiendo en que el autismo era un trastorno biológico del desarrollo neurológico, no una enfermedad mental causada por el entorno familiar.


La Evolución de los Manuales Diagnósticos desde el 1 al 5.

Esta transición desde la "psicosis infantil" a los "trastornos del neurodesarrollo" se refleja con precisión en la evolución del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM). Esta trayectoria es fundamental para entender cómo el concepto de espectro terminó por imponerse sobre las categorías predominantes en ese momento.


Versiones del Manual y sus cambios con respecto al autismo:

  • DSM-I, publicado en 1952, lo cataloga Reacción esquizofrénica, tipo infantil. El autismo se considera un síntoma de la esquizofrenia previo la pubertad.
  • DSM-II, publicado en1968, lo cataloga como Esquizofrenia, tipo infantil. Persiste el vínculo con la psicosis; se añade la posibilidad de retraso mental asociado.
  • DSM-III, publicado en 1980, cataloga el Autismo Infantil dentro de los TGD (Trastornos Generales del Desarrollo). Se reconoce como entidad independiente de la esquizofrenia, con  inicio antes de los 30 meses.
  • DSM-III-R, publicado en 1987, cataloga al Trastorno Autista. El diagnóstico se vuelve más conductual y descriptivo. Se elimina el requisito de inicio temprano.
  • DSM-IV, publicado en 1994, lo cataloga como parte de los Trastornos Generalizados del Desarrollo (TGD) e introduce el Síndrome de Asperger y el TGD No Especificado.
  • DSM-5, publicado en 2013, lo cataloga como Trastorno del Espectro Autista (TEA). Donde hay una unificación de subtipos en un espectro único basado en niveles de apoyo necesarios.

El DSM-III (1980) marcó un antes y un después al extraer al autismo del paraguas de la psicosis y situarlo dentro de los Trastornos Generalizados del Desarrollo (TGD). Este cambio reconoció que el autismo no era una distorsión de la personalidad, sino un curso de desarrollo fundamentalmente distinto desde el inicio de la vida. Finalmente, el paso al DSM-5 en 2013 eliminó las fronteras artificiales entre el autismo de Kanner y el de Asperger, reconociendo que todos forman parte de un mismo espectro dimensional con diferentes niveles de necesidad de apoyo y perfiles de lenguaje e inteligencia. Lo que elimina al Síndrome de Asperger dentro de las categorías diagnósticas.


El Nacimiento de la Neurodiversidad:

Mientras la psiquiatría refinaba sus criterios, a finales de la década de 1990 surgió un movimiento que cuestionaría la base misma del modelo médico. La llamada "neurodiversidad". Este concepto no nació en un laboratorio, ni desde el mundo clínico, sino en las comunidades virtuales de personas autistas que, gracias a la llegada de Internet, pudieron conectar y compartir sus experiencias por primera vez sin la intermediación de terapeutas o familiares. Siendo un concepto usado actualmente, con un origen socio virtual bastante claro.

El término se atribuye habitualmente a la socióloga australiana Judy Singer, quien en su tesis de 1998 propuso que "las personas neurológicamente diferentes, representan una nueva adición a las categorías políticas de clase, género y raza". Singer, que también es autista, argumentó que las diferencias cerebrales debían verse como una variación natural de la especie humana, similar a la biodiversidad en un ecosistema. De manera simultánea, el periodista Harvey Blume popularizó el concepto en un artículo de la revista The Atlantic (1998), donde sugirió que la cultura de la cibernética y la computación podrían favorecer una mentalidad autista, planteando que la neurodiversidad era esencial para la resiliencia y estabilidad cultural de la humanidad.

Sin embargo, investigaciones recientes sugieren que el concepto en realidad fue una creación colectiva. Mucho antes de las publicaciones académicas, ya se discutía sobre la "diversidad neurológica". Personas como Jim Sinclair (Activista por el Autismo), habían sentado las bases años antes con textos de gran relevancia como "Don't Mourn for Us" (No sufran por nosotros, 1993), donde instaba a los padres a dejar de buscar una cura y empezar a aceptar la neurología de sus hijos como una identidad válida.


Neurodiversidad  vs Neurodivergencia:

Uno de los mayores obstáculos existentes a día de hoy para una correcta comprensión del tema, es el uso indistinto de términos que tienen significados técnicos divergentes. Autores como el profesor en Psicología, Nick Walker han sido fundamentales para establecer una regla clara que permita el avance del paradigma sin caer en concepciones que desvirtúen su el futuro de la investigación, activismo y política neurodivergente.

A grandes rasgos, a día de hoy, se consideran dos términos definidos a continuación:

Neurodiversidad (El Hecho Biológico): La neurodiversidad no es una perspectiva, ni un movimiento, ni una creencia. Es un hecho biológico. Se refiere a la diversidad infinita de las mentes humanas y al funcionamiento neurocognitivo dentro de nuestra especie. Técnicamente, no existen "personas neurodiversas", del mismo modo que no existen "personas biodiversas". La neurodiversidad es una característica de un grupo, de un colectivo o de la especie en su totalidad. No de una sola persona.  Por ejemplo, una sala de clases donde hay personas autistas, con TDAH y personas neurotípicas es una comunidad neurodiversa.

Neurodivergencia (La Condición Individual): La neurodivergencia en cambio, es el término correcto para referirse a un individuo cuyo cerebro funciona de una manera que diverge significativamente de los estándares dominantes de lo que se considera " estadísticamente común". (No confundir con correcto). Una persona puede identificarse como neurodivergente si posee una condición como autismo, TDAH, dislexia, síndrome de Tourette, o incluso, debido a los estudios mas recientes que hablan del carácter neurobiológico  de algunas condiciones de salud mental, se incorpora en algunas partes,  el trastorno bipolar o el TOC.

La neurodivergencia además se divide en dos grandes categorías según su origen:

  • Neurodivergencia Innata: Son condiciones con las que se nace, como el autismo o la dislexia, que son intrínsecas a la personalidad y la forma de procesar el mundo.
  • Neurodivergencia Adquirida: Son diferencias neurológicas producidas por la experiencia, como un traumatismo craneoencefálico, el trastorno de estrés postraumático (TEPT) o el impacto de prácticas que alteran el funcionamiento cerebral de forma duradera. Este grupo, si bien son parte de las Neurodivergencias. Socialmente no se les suele incluir dentro del paraguas de la Neurodivergencia.
Eso nos lleva al siguiente tema:

El Paradigma de la Neurodiversidad frente al Paradigma de la Patología

Nick Walker define el "Paradigma de la Neurodiversidad" como una perspectiva que ve la diversidad neurocognitiva como una forma natural de diversidad humana que aporta valor a la sociedad. Este paradigma se opone frontalmente al "Paradigma de la Patología", que asume que existe un cerebro "normal" y que cualquier desviación es un defecto que debe ser corregido.

Este choque de visiones se manifiesta en la forma en que entendemos la discapacidad. Mientras el modelo médico-patológico sitúa la discapacidad en el individuo y sus "déficits", el modelo social-neurodiverso la sitúa en la interacción entre la persona y un entorno que no es accesible ni inclusivo. Por ejemplo, para un niño autista con hipersensibilidad auditiva, la discapacidad no es el autismo en sí, sino una escuela que no ofrece espacios de calma sonora. Este debate se mantiene a día de hoy con diversas posturas, desde el área científica, política, social y dentro de comunidades neurodivergentes, manteniendo incluso ideas opuestas con respecto al término de discapacidad.


Masking y el Doble Problema de la Empatía:

Muchas personas neurodivergentes, especialmente mujeres y personas con altas capacidades cognitivas (AACC), pasan años "actuando como neurotípicas" para evitar el estigma y la marginación social. Sin embargo, este esfuerzo cognitivo constante tiene un precio muy alto: Se desarrolla una variedad de alteraciones como trastornos ansiosos, depresión, pérdida de identidad y burnout autista.

Relacionado con esto se encuentra el concepto de "Doble Problema de la Empatía", propuesto por el Sociólogo especializado en Autismo, Damian Milton. Este concepto desafía la noción de que los autistas tienen un déficit de empatía. Milton argumenta que la dificultad de comunicación es bidireccional: a los neurotípicos les resulta tan difícil entender la mente de un autista como a este entender la de un neurotípico. La comunicación fluye eficazmente entre personas con el mismo neurotipo, pero se rompe cuando los estilos de procesamiento son distintos.


¿En qué está la ciencia actualmente?:

La ciencia contemporánea está empezando a validar los aspectos de la biología neurodivergente a través de herramientas avanzadas como las neuroimagen y la conectómica. Que se ha utilizado por ejemplo para identificar subtipos biológicos dentro de condiciones como el TDAH o el autismo. Por ejemplo, estudios con más de 123,000 escaneos de resonancia magnética han identificado que no existe un cerebro autista estándar, sino en realidad, existen múltiples trayectorias de crecimiento cerebral y cortical, que requieren apoyos personalizados y únicos.

Este nuevo enfoque también ha traído consigo una necesaria revisión ética de las cada vez menos populares practicas ABA (Análisis Conductual Aplicado). Estas intervenciones están siendo cuestionadas por su énfasis en la normalización externa, con un enfoque capacitista a costa de la salud mental interna del individuo. En su lugar, está surgiendo una corriente de profesionales de la salud, con un enfoque neuroafirmativo, que se están enfocando y especializando en el área de la neurodivergencia.


Conclusiones:

La génesis del concepto de neurodivergencia no es solo un cambio en los manuales del DSM. Es una reconfiguración de nuestra noción del término. Hemos pasado de ver a los niños autistas como personas "rotas" o "psicóticas" que debían ser reparadas, a través de tratamientos e intervenciones que a día de hoy se considerarían inmorales y poco éticas. Ya que el neurodivergente en resumen, tiene una configuración neuronal distinta que enriquece la diversidad de nuestra especie.

Comprender que la neurodiversidad es el conjunto y la neurodivergencia es la diferencia individual permite a las personas situarse en un lugar de mayor respeto y entendimiento. Ser autista o neurodivergente no es padecer una enfermedad, sino pertenecer a una forma de ser distinta, con una forma de ver la cultura y la sociedad de una manera distinta, con sus propios códigos, ritmos y formas de afecto. El reto del siglo XXI no es curar el cerebro divergente, sino curar a la sociedad de su rigidez capacitista, para que todas las mentes puedan encontrar un lugar donde no solo sobrevivan, sino donde prosperen.


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jueves, 16 de abril de 2026

Chile no le teme a envejecer, le teme a verse viejo

 



Por Javiera Sarmiento | Psicología clínica infantil y de adultos

Chile envejece a ritmo acelerado, pero su cultura sigue más preocupada por cómo lucirá la vejez que por entender lo que realmente le ocurre al cuerpo por dentro. Esa ignorancia tiene consecuencias clínicas concretas y silenciosas.

Hay términos que cualquier persona de entre 30 y 50 años maneja hoy con relativa soltura: retinol, ácido hialurónico, vitamina C sérica, péptidos de cobre, factor de crecimiento epidérmico. La industria cosmética ha hecho un trabajo formidable enseñándonos el lenguaje molecular de la piel que envejece. Sabemos que el retinol estimula la renovación celular. Sabemos que el ácido hialurónico retiene agua en los tejidos. Sabemos que a partir de cierta edad la producción de colágeno disminuye y que hay que compensarla con algo como cremas, suplementos o procedimientos.

Pero pregúntele a esa misma persona qué es la sarcopenia. Qué ocurre con la densidad mineral ósea después de los 50. Cómo cambia el sistema nervioso central con el paso de los años. Qué significa que los niveles de dopamina, serotonina y noradrenalina disminuyan progresivamente en el cerebro envejecido. Y pregúntele cuándo la pérdida de memoria que uno nota es normal y cuándo es una señal que merece atención. La respuesta, en la mayoría de los casos, será un silencio.

Esta asimetría (saber mucho sobre cómo se ve la vejez desde afuera, y casi nada sobre lo que ocurre biológicamente por dentro), no es un detalle trivial. Es una falla cultural con consecuencias clínicas reales. Y en un país que, según el Censo 2024, ya tiene el 14% de su población sobre 65 años y será el más envejecido de Latinoamérica para 2050, esa falla se vuelve urgente.


La biología que nadie nos explica

El envejecimiento es un proceso universal, gradual e individual que transforma el cuerpo desde adentro con una profundidad que ninguna crema puede igualar ni, por cierto, detener. Pero a diferencia de la pubertad (que se explica en el colegio, que se habla en casa, que tiene un nombre en la cultura popular), los cambios biológicos de la vejez siguen siendo en gran medida un territorio sin mapa para la mayoría de las personas.

Tomemos el músculo. A partir de los 30 años, el cuerpo humano comienza a perder masa muscular de forma progresiva. A los 50, esa pérdida se acelera. El fenómeno tiene nombre clínico: sarcopenia. No es una enfermedad en el sentido tradicional, sino un proceso asociado al envejecimiento que afecta la movilidad, el equilibrio, el metabolismo de la glucosa, la capacidad de recuperarse ante una caída o una hospitalización. La sarcopenia no duele. No produce síntomas evidentes en sus etapas tempranas. Simplemente ocurre, en silencio, mientras la persona invierte en cremas reafirmantes que actúan sobre la superficie de la piel.

Lo mismo ocurre con los huesos. La densidad ósea disminuye con la edad, de manera especialmente pronunciada en mujeres después de la menopausia debido a la caída en los niveles de estrógenos. El resultado es la osteoporosis: huesos que se vuelven porosos, frágiles, propensos a fracturarse ante caídas que en una persona joven no tendrían consecuencias. En Chile, la fractura de cadera en adultos mayores es una de las principales causas de hospitalización, pérdida de independencia y mortalidad. Una fractura de cadera, en muchos casos, marca el inicio del declive funcional definitivo. Y sin embargo, muy pocas personas saben cuándo debería hacerse una densitometría ósea, ni qué relación tiene el consumo de calcio y vitamina D a los 40 años con la resistencia del hueso a los 75 años.


El cerebro envejece:  Qué cambia y que no

El cerebro también envejece, y hacerlo de forma informada respecto a ese proceso marca una diferencia enorme en la calidad de vida. Durante el envejecimiento fisiológico, el cerebro experimenta una reducción progresiva de ciertos neurotransmisores (dopamina, serotonina, noradrenalina), que influyen en el estado de ánimo, la velocidad de procesamiento, la memoria de trabajo y la coordinación motora. Esto no significa que toda persona mayor vaya a desarrollar una demencia: la mayoría no lo hará. Pero sí significa que hay cambios cognitivos que son normales y esperables, y el saber distinguirlos es la mejor forma de prepararse.

Lo que la neurociencia ha confirmado en los últimos años es tanto tranquilizador como exigente. Hay formas de inteligencia que no solo no disminuyen con la edad, sino que mejoran: la llamada inteligencia cristalizada (la capacidad de integrar conocimiento acumulado, de reconocer patrones, de comprender contextos complejos), se mantiene activa e incluso se enriquece hasta muy tarde en la vida. Por otro lado, lo que sí declina es la velocidad de procesamiento y la llamada inteligencia fluida, relacionada con resolver problemas nuevos de manera rápida. Conocer esa diferencia permite entender que una persona mayor que responde más lento no es necesariamente alguien con deterioro patológico: puede ser alguien cuyo cerebro ha cambiado de ritmo, no de capacidad.

Pero también es cierto que en Chile alrededor de 180.000 personas viven hoy con alguna forma de demencia, cifra que se proyecta en 626.000 para 2050. Y que el 40% de esos casos podría prevenirse o retrasarse modificando factores de riesgo abordables desde antes de los 60: la inactividad física, el aislamiento social, la hipertensión no controlada, la depresión no tratada, la estimulación cognitiva insuficiente. Son factores que se pueden intervenir. Pero solo si se conocen. Y para conocerlos, hace falta que alguien los enseñe.


La industria cosmética nos enseñó lo interesante:

No es casualidad que sepamos más de retinol que de sarcopenia. La industria cosmética tiene algo que la salud pública no tiene: presupuesto de marketing, acceso masivo a redes sociales, y un modelo de negocio que requiere crear deseo y urgencia. El miedo a las arrugas es rentable. El miedo a caerse a los 80 por falta de masa muscular, no.

El resultado es una cultura que ha invertido en lo que considera prioridades: se gastan recursos considerables en ralentizar lo que se ve, y casi ninguno en preparar lo que importa.

No estoy argumentando en contra del cuidado de la piel ni de querer sentirse bien con el propio cuerpo a cualquier edad. Eso es legítimo y tiene su lugar. Lo que argumento es que ese cuidado externo, cuando existe una ausencia total de educación sobre los procesos internos del envejecimiento, produce una ilusión de control que puede resultar cara. La persona que se hidrata todos los días pero no hace ejercicio, no duerme bien, no gestiona de manera correcta su estrés y no mantiene vida social activa, está cuidando la fachada de un edificio cuya estructura se deteriora sin atención.


Lo que nos hace falta: Educar a la población, para tener un correcto envejecimiento

Como psicóloga clínica, trabajo frecuentemente con personas que llegan a la consulta en la adultez media o tardía con una sensación difusa de que algo en su cuerpo o en su mente ha cambiado, pero sin herramientas para nombrarlo ni para entender qué es esperable y qué no. El olvido que apareció a los 58. El cansancio que ya no se recupera igual. La tristeza que se instaló después de la jubilación. El miedo a la dependencia futura. En muchos casos, lo que falta no es solo tratamiento: es información. Contexto. Un mapa básico de lo que el envejecimiento implica biológica, cognitiva y emocionalmente.

Eso no se enseña en el colegio. No se habla sistemáticamente en los controles de salud hasta que hay un problema. No está en los medios salvo cuando se trata de un caso extremo o de un producto a vender. Y la brecha que deja esa ausencia no es solo individual: es colectiva. Chile está envejeciendo sin que su población sepa cómo envejecer.

Por ejemplo, algunas cosas básicas que toda persona adulta debería conocer antes de los 50, son las siguientes: que la masa muscular se puede preservar y trabajar en cualquier etapa con ejercicio de fuerza regular; que la salud ósea depende de hábitos que se construyen décadas antes de que aparezca la osteoporosis; que el sueño reparador no es un lujo sino un proceso activo de limpieza cerebral cuya importancia aumenta con la edad; que la vida social sostenida no es recreación sino un factor protector cognitivo con evidencia científica sólida; y que la diferencia entre un olvido normal y uno que merece evaluación tiene características específicas que se pueden aprender.

La vejez no comienza a los 65. Comienza, en términos biológicos, mucho antes. Y la pregunta que Chile debería hacerse (como sociedad, como sistema de salud, como cultura), no es solo cómo vamos a cuidar a los adultos mayores cuando lleguen. Es cuánto estamos dispuestos a invertir en que la gente llegue a esa etapa habiendo aprendido algo sobre su propio cuerpo. Algo que ninguna crema, por más activos que contenga, puede reemplazar.



Sobre la autora

Javiera Sarmiento Jara es psicóloga clínica titulada de la Universidad Católica Silva Henríquez, con más de cuatro años de experiencia en atención clínica individual y grupal en entornos públicos y privados. Actualmente se desempeña como psicóloga en el Servicio de Psiquiatría de Adultos del Hospital Clínico Metropolitano El Carmen. En 2026 inicia el Magíster en Rehabilitación Neuropsicológica del Adulto y Personas Mayores en la Universidad Diego Portales.

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domingo, 12 de abril de 2026

Conoce los Primeros Auxilios Psicológicos (PAP)

 


Más allá del consuelo, Primeros Auxilios Psicológicos (PAP)

 

1.       El impacto invisible del 70%

Para la mayoría de las personas, el mundo se siente como un lugar previsible y relativamente seguro. Sin embargo, un evento traumático tiene el poder de fracturar esa ilusión en un instante, produciendo lo que en psicología llaman el "quiebre del sentido de seguridad". El trauma no es una excepción estadística; es una realidad que atraviesa el tejido social: los datos globales indican que más del 70% de la población mundial experimentará al menos un evento traumático a lo largo de su vida.

Desde un accidente de tránsito hasta el duelo por una muerte repentina, estas experiencias no solo dejan cicatrices invisibles. El impacto en la salud pública es devastador: la exposición al trauma aumenta entre un 50% y un 200% el riesgo de desarrollar enfermedades físicas crónicas, con vínculos probados hacia la enfermedad coronaria, la hipertensión y la artritis. Además, el trauma es un motor de exclusión, elevando drásticamente el riesgo de desempleo, deserción escolar y crisis familiares. Ante esta emergencia silenciosa, los Primeros Auxilios Psicológicos (PAP) se han consolidado como la herramienta de intervención inmediata recomendada por la OMS para detener este efecto dominó.

 

2.       El Protocolo ABCDE

Existe la creencia errónea de que ayudar a alguien en crisis consiste en forzarlo a "desahogarse" o analizar sus sentimientos. En realidad, los PAP se alejan de la psicoterapia tradicional para centrarse en un apoyo social y pragmático. En Chile, la Escuela de Medicina UC y la Achs han operacionalizado este modelo a través del Protocolo ABCDE, una guía técnica, herramienta probada para funcionar en el "mundo real": en la camilla de una urgencia ruidosa, en un albergue tras un desastre o en la calle, respetando siempre la autonomía del afectado.

Sus componentes se dividen en cinco pasos esenciales:

A (Escucha Activa): Brindar una presencia empática que permita a la persona comunicarse si lo desea, sin presiones.

B (Reentrenamiento de la Ventilación): Enseñar técnicas de respiración que actúan como un "freno" fisiológico, ayudando a recuperar la calma orgánica.

C (Categorización de necesidades): Ayudar a la mente abrumada a jerarquizar problemas urgentes (comida, trámites, contacto).

D (Derivación a redes de apoyo): Conectar al individuo con su familia o servicios de asistencia.

E (Psicoeducación): Entregar información clara sobre qué reacciones son normales y cuáles son señales de alerta.

 

3.       El impacto real en el "día después"

La efectividad de los PAP no es solo una sensación subjetiva de alivio; se mide en su capacidad para prevenir conductas que arruinan vidas meses después del evento. Un ensayo clínico realizado en Chile en 2017 analizó cómo los PAP reducen las conductas desadaptativas a los tres meses de seguimiento.

Para dimensionar su éxito, los científicos utilizan el “Número Necesario a Tratar (NNT)”, que indica cuántas personas deben recibir la ayuda para evitar un desenlace negativo.

Los resultados son contundentes:

  • Reducción del consumo de alcohol y sustancias (NNT = 3.0): Al reducir la angustia inicial, se evita que el paciente intente "automedicarse" con sustancias que, lejos de ayudar, entorpecen la adaptación natural al trauma.
  • Disminución de conflictos interpersonales (NNT = 3.5): La intervención modera la hiperexcitabilidad, evitando que el estrés se traduzca en estallidos de ira que dañen los vínculos familiares.
  • Menor uso de licencias médicas (NNT = 5.9): Una recuperación más rápida de la funcionalidad permite al individuo retomar su vida laboral y diaria de forma saludable.

 

4.       La democratización de la ayuda, todos pueden ayudar

Una de las mayores virtudes de los PAP es que no son propiedad exclusiva de los especialistas. De hecho, su mayor valor reside en ser aplicados por primeros respondedores (policía, bomberos) e incluso por la comunidad. Como define la Organización Mundial de la Salud: "Los Primeros Auxilios Psicológicos son una respuesta humana de apoyo a otro ser humano que está sufriendo y que podría necesitar ayuda".

Esta visión permite que instituciones como SENAPRED integren estos principios en la cultura de prevención ciudadana. El "Plan Familia Preparada", por ejemplo, utiliza la lógica de los PAP en sus 8 pasos, enseñando a los grupos familiares a identificar amenazas y definir zonas de seguridad. Preparar a las familias para actuar con calma y estructura ante un sismo o incendio es, en esencia, aplicar PAP a nivel comunitario, transformando a los ciudadanos en los primeros guardianes de la salud mental de su entorno.

 

5.       Menos es más: Por qué evitar el "Debriefing" tradicional

Durante años se aplicó el debriefing o investigación, una técnica que obligaba a las víctimas a relatar el trauma en detalle poco después del evento. Hoy sabemos que esto puede ser contraproducente al favorecer la "sobreconsolidación de recuerdos traumáticos". Forzar el relato re-traumatiza el cerebro porque refuerza la memoria mientras el cuerpo sigue en un estado de alarma o alerta.

Los PAP revolucionan este enfoque al centrarse en la calma y la seguridad básica. Los datos clínicos indican que esta intervención reduce en 7.7 puntos los síntomas de estrés postraumático en las escalas de seguimiento en comparación con solo entregar folletos informativos.

 

6.       Una red de seguridad que ya existe en Chile

En nuestro país, el acceso a esta contención inicial se ha democratizado a través de diversas líneas de apoyo gratuitas que operan bajo estos principios de ayuda humana y profesional:

  • Salud Responde (600 360 7777): Orientación profesional con psicólogos especializados en crisis.
  • Fono Drogas y Alcohol (1412): Ayuda confidencial y anónima las 24 horas.
  • Fono Orientación Violencia contra las mujeres (1455): Apoyo gratuito de especialistas; se puede llamar incluso sin saldo en el celular.
  • Psicólogos Voluntarios de Chile: Contención emocional y PAP gratuitos. Contacto al +569 75592366 (de 10:00 a 19:00 horas) o en psicologosvoluntarios.cl.
  • Fundación Todo Mejora: Especializados en apoyo a jóvenes LGBT+ frente al bullying o riesgo suicida.

 

7.       Hacia una cultura de la resiliencia

Como profesionales de la salud mental y física, entendemos que la resiliencia no es un rasgo individual, sino un proceso que se construye colectivamente. Los Primeros Auxilios Psicológicos representan una vía económica, humana y científicamente respaldada para mitigar el impacto del trauma en la salud de las personas. No se trata solo de evitar el trastorno psiquiátrico, sino de ofrecer una mano firme que impida que el dolor de hoy se convierta en la enfermedad del mañana.


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lunes, 6 de abril de 2026

El diagnóstico no es un destino


El diagnóstico no es un destino.

Por Javiera Sarmiento Jara | Psicóloga clínica infantil y de adultos.



 Tengo una frase que repito con frecuencia en mi consulta y que, con los años, se ha transformado en una especie de norte para mi práctica: el diagnóstico no es un pronóstico. La digo porque creo en ella. Y la digo también porque es justamente lo que muchas familias necesitan escuchar, y que pocos profesionales se atreven a decirles con claridad.


Cuando una familia recibe un diagnóstico para su hijo —TDAH, TEA/CEA, trastorno de ansiedad, dificultades del aprendizaje— algo se transforma en ese cuarto. Lo que debería ser el punto de partida de un proceso de comprensión y apoyo se convierte, demasiadas veces, en una condena. Una etiqueta clínica que funciona -para muchas familias- como punto final en lugar de como apertura.


Eso, en mi opinión, es un error. Y la evidencia científica actual nos da razones sólidas para decirlo sin rodeos.



Un cerebro en transformación permanente


La plasticidad cerebral —la capacidad del sistema nervioso para reorganizarse y construir nuevas conexiones en respuesta a la experiencia— no es una metáfora motivacional. Es neurobiología. Y durante la infancia, esa capacidad es especialmente potente. Los circuitos que procesan el mundo exterior se desarrollan con una intensidad que no volverá a repetirse en ninguna otra etapa de la vida, lo que explica por qué los primeros años son tan determinantes para el aprendizaje.


En términos prácticos, esto significa que el cerebro de un niño de seis años no es el mismo que tendrá a los doce. El terreno sobre el que descansa cualquier diagnóstico está en movimiento constante. El perfil cognitivo de un niño refleja sus fortalezas y dificultades en un momento específico. Es una fotografía, no la película completa. La adolescencia tampoco es la excepción. Estudios de neuroimagen han mostrado que las regiones vinculadas a funciones como la memoria y la resolución de problemas siguen desarrollándose activamente bien entrada la adolescencia temprana, entre los diez y los catorce años.



El diagnóstico como imagen momentánea


La literatura clínica más reciente ha comenzado a plantear algo que me parece fundamentalmente honesto: un diagnóstico es una imagen del neurodesarrollo de un niño en un punto determinado, no una verdad inamovible. Describe una distancia respecto a lo esperado para su edad, en ese momento. Nada más, nada menos.


Esto tiene consecuencias directas. Un diagnóstico puede —y debe— revisarse con el tiempo. Pero muchas familias nunca reciben esa información de manera explícita. Se les entrega un informe, se les explica qué tiene su hijo hoy, y rara vez se les dice que ese cuadro puede evolucionar, que la evaluación deberá actualizarse, y que lo que describe al niño ahora no necesariamente lo definirá en el futuro.


La pregunta que debería guiar nuestro trabajo no es "¿qué tiene este niño?" sino mas bien: ¿cuáles son sus fortalezas y dificultades reales, y cómo podemos acompañarlo para que desarrolle su mejor trayectoria posible?



El argumento que más me preocupa


Existe en nuestra disciplina una resistencia tácita a hablar de cambio con los padres. La lógica, pocas veces enunciada en voz alta, es que si se les ofrece esperanza, perderán urgencia. Que si saben que el diagnóstico puede cambiar, actuarán con menos consistencia.


Encuentro ese argumento profundamente paternalista. Y además, débil desde el punto de vista de la evidencia.


La intervención temprana existe precisamente para aprovechar la plasticidad cerebral de los primeros años. Cuando es oportuna, sostenida e intensa, produce avances reales en áreas como el lenguaje, la socialización, el autocontrol o la coordinación. La esperanza bien fundamentada no es el enemigo de la acción terapéutica. Es su motor. Los padres que comprenden que el cerebro de su hijo es moldeable, y que el trabajo que hacen tiene un efecto concreto sobre ese desarrollo, son padres más comprometidos y más capaces de sostener el proceso a lo largo del tiempo.



Lo que las familias merecen escuchar


Un diagnóstico oportuno no condena a un niño. Le abre puertas: permite intervenir a tiempo y construir las condiciones para que despliegue su potencial. Esa es la narrativa que tendríamos que instalar en las consultas, un apoyo enfocado en cada persona, como un mundo, y no un discurso capacitista y correctivo, ni tampoco la del niño atrapado en una categoría diagnóstica, sino la del niño que, con los apoyos adecuados, puede recorrer una trayectoria que hoy no es posible predecir con certeza.


Evaluar no debería servir para clasificar de forma rígida. Debería servir para orientar a los adultos que rodean a ese niño, para que puedan ofrecerle la estimulación más adecuada a quien es y a lo que necesita.


Las familias que llegan a mi consulta con un diagnóstico reciente entre las manos merecen salir con dos cosas: claridad sobre lo que su hijo necesita hoy, y la comprensión honesta de que ese diagnóstico es el inicio de una conversación, no el cierre de una historia. Merecen saber que el cerebro de su hijo trabaja sin descanso, que el desarrollo no se detiene, y que cada intervención bien orientada tiene peso real.


La esperanza, cuando está bien fundada y bien explicada, no es un consuelo emocional. En salud mental infantil, es parte del tratamiento.


Las opiniones expresadas en esta columna representan la perspectiva clínica de la autora y se basan en literatura científica vigente sobre neurodesarrollo infantil.


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