jueves, 16 de abril de 2026

Chile no le teme a envejecer, le teme a verse viejo

 



Por Javiera Sarmiento | Psicología clínica infantil y de adultos

Chile envejece a ritmo acelerado, pero su cultura sigue más preocupada por cómo lucirá la vejez que por entender lo que realmente le ocurre al cuerpo por dentro. Esa ignorancia tiene consecuencias clínicas concretas y silenciosas.

Hay términos que cualquier persona de entre 30 y 50 años maneja hoy con relativa soltura: retinol, ácido hialurónico, vitamina C sérica, péptidos de cobre, factor de crecimiento epidérmico. La industria cosmética ha hecho un trabajo formidable enseñándonos el lenguaje molecular de la piel que envejece. Sabemos que el retinol estimula la renovación celular. Sabemos que el ácido hialurónico retiene agua en los tejidos. Sabemos que a partir de cierta edad la producción de colágeno disminuye y que hay que compensarla con algo como cremas, suplementos o procedimientos.

Pero pregúntele a esa misma persona qué es la sarcopenia. Qué ocurre con la densidad mineral ósea después de los 50. Cómo cambia el sistema nervioso central con el paso de los años. Qué significa que los niveles de dopamina, serotonina y noradrenalina disminuyan progresivamente en el cerebro envejecido. Y pregúntele cuándo la pérdida de memoria que uno nota es normal y cuándo es una señal que merece atención. La respuesta, en la mayoría de los casos, será un silencio.

Esta asimetría (saber mucho sobre cómo se ve la vejez desde afuera, y casi nada sobre lo que ocurre biológicamente por dentro), no es un detalle trivial. Es una falla cultural con consecuencias clínicas reales. Y en un país que, según el Censo 2024, ya tiene el 14% de su población sobre 65 años y será el más envejecido de Latinoamérica para 2050, esa falla se vuelve urgente.


La biología que nadie nos explica

El envejecimiento es un proceso universal, gradual e individual que transforma el cuerpo desde adentro con una profundidad que ninguna crema puede igualar ni, por cierto, detener. Pero a diferencia de la pubertad (que se explica en el colegio, que se habla en casa, que tiene un nombre en la cultura popular), los cambios biológicos de la vejez siguen siendo en gran medida un territorio sin mapa para la mayoría de las personas.

Tomemos el músculo. A partir de los 30 años, el cuerpo humano comienza a perder masa muscular de forma progresiva. A los 50, esa pérdida se acelera. El fenómeno tiene nombre clínico: sarcopenia. No es una enfermedad en el sentido tradicional, sino un proceso asociado al envejecimiento que afecta la movilidad, el equilibrio, el metabolismo de la glucosa, la capacidad de recuperarse ante una caída o una hospitalización. La sarcopenia no duele. No produce síntomas evidentes en sus etapas tempranas. Simplemente ocurre, en silencio, mientras la persona invierte en cremas reafirmantes que actúan sobre la superficie de la piel.

Lo mismo ocurre con los huesos. La densidad ósea disminuye con la edad, de manera especialmente pronunciada en mujeres después de la menopausia debido a la caída en los niveles de estrógenos. El resultado es la osteoporosis: huesos que se vuelven porosos, frágiles, propensos a fracturarse ante caídas que en una persona joven no tendrían consecuencias. En Chile, la fractura de cadera en adultos mayores es una de las principales causas de hospitalización, pérdida de independencia y mortalidad. Una fractura de cadera, en muchos casos, marca el inicio del declive funcional definitivo. Y sin embargo, muy pocas personas saben cuándo debería hacerse una densitometría ósea, ni qué relación tiene el consumo de calcio y vitamina D a los 40 años con la resistencia del hueso a los 75 años.


El cerebro envejece:  Qué cambia y que no

El cerebro también envejece, y hacerlo de forma informada respecto a ese proceso marca una diferencia enorme en la calidad de vida. Durante el envejecimiento fisiológico, el cerebro experimenta una reducción progresiva de ciertos neurotransmisores (dopamina, serotonina, noradrenalina), que influyen en el estado de ánimo, la velocidad de procesamiento, la memoria de trabajo y la coordinación motora. Esto no significa que toda persona mayor vaya a desarrollar una demencia: la mayoría no lo hará. Pero sí significa que hay cambios cognitivos que son normales y esperables, y el saber distinguirlos es la mejor forma de prepararse.

Lo que la neurociencia ha confirmado en los últimos años es tanto tranquilizador como exigente. Hay formas de inteligencia que no solo no disminuyen con la edad, sino que mejoran: la llamada inteligencia cristalizada (la capacidad de integrar conocimiento acumulado, de reconocer patrones, de comprender contextos complejos), se mantiene activa e incluso se enriquece hasta muy tarde en la vida. Por otro lado, lo que sí declina es la velocidad de procesamiento y la llamada inteligencia fluida, relacionada con resolver problemas nuevos de manera rápida. Conocer esa diferencia permite entender que una persona mayor que responde más lento no es necesariamente alguien con deterioro patológico: puede ser alguien cuyo cerebro ha cambiado de ritmo, no de capacidad.

Pero también es cierto que en Chile alrededor de 180.000 personas viven hoy con alguna forma de demencia, cifra que se proyecta en 626.000 para 2050. Y que el 40% de esos casos podría prevenirse o retrasarse modificando factores de riesgo abordables desde antes de los 60: la inactividad física, el aislamiento social, la hipertensión no controlada, la depresión no tratada, la estimulación cognitiva insuficiente. Son factores que se pueden intervenir. Pero solo si se conocen. Y para conocerlos, hace falta que alguien los enseñe.


La industria cosmética nos enseñó lo interesante:

No es casualidad que sepamos más de retinol que de sarcopenia. La industria cosmética tiene algo que la salud pública no tiene: presupuesto de marketing, acceso masivo a redes sociales, y un modelo de negocio que requiere crear deseo y urgencia. El miedo a las arrugas es rentable. El miedo a caerse a los 80 por falta de masa muscular, no.

El resultado es una cultura que ha invertido en lo que considera prioridades: se gastan recursos considerables en ralentizar lo que se ve, y casi ninguno en preparar lo que importa.

No estoy argumentando en contra del cuidado de la piel ni de querer sentirse bien con el propio cuerpo a cualquier edad. Eso es legítimo y tiene su lugar. Lo que argumento es que ese cuidado externo, cuando existe una ausencia total de educación sobre los procesos internos del envejecimiento, produce una ilusión de control que puede resultar cara. La persona que se hidrata todos los días pero no hace ejercicio, no duerme bien, no gestiona de manera correcta su estrés y no mantiene vida social activa, está cuidando la fachada de un edificio cuya estructura se deteriora sin atención.


Lo que nos hace falta: Educar a la población, para tener un correcto envejecimiento

Como psicóloga clínica, trabajo frecuentemente con personas que llegan a la consulta en la adultez media o tardía con una sensación difusa de que algo en su cuerpo o en su mente ha cambiado, pero sin herramientas para nombrarlo ni para entender qué es esperable y qué no. El olvido que apareció a los 58. El cansancio que ya no se recupera igual. La tristeza que se instaló después de la jubilación. El miedo a la dependencia futura. En muchos casos, lo que falta no es solo tratamiento: es información. Contexto. Un mapa básico de lo que el envejecimiento implica biológica, cognitiva y emocionalmente.

Eso no se enseña en el colegio. No se habla sistemáticamente en los controles de salud hasta que hay un problema. No está en los medios salvo cuando se trata de un caso extremo o de un producto a vender. Y la brecha que deja esa ausencia no es solo individual: es colectiva. Chile está envejeciendo sin que su población sepa cómo envejecer.

Por ejemplo, algunas cosas básicas que toda persona adulta debería conocer antes de los 50, son las siguientes: que la masa muscular se puede preservar y trabajar en cualquier etapa con ejercicio de fuerza regular; que la salud ósea depende de hábitos que se construyen décadas antes de que aparezca la osteoporosis; que el sueño reparador no es un lujo sino un proceso activo de limpieza cerebral cuya importancia aumenta con la edad; que la vida social sostenida no es recreación sino un factor protector cognitivo con evidencia científica sólida; y que la diferencia entre un olvido normal y uno que merece evaluación tiene características específicas que se pueden aprender.

La vejez no comienza a los 65. Comienza, en términos biológicos, mucho antes. Y la pregunta que Chile debería hacerse (como sociedad, como sistema de salud, como cultura), no es solo cómo vamos a cuidar a los adultos mayores cuando lleguen. Es cuánto estamos dispuestos a invertir en que la gente llegue a esa etapa habiendo aprendido algo sobre su propio cuerpo. Algo que ninguna crema, por más activos que contenga, puede reemplazar.



Sobre la autora

Javiera Sarmiento Jara es psicóloga clínica titulada de la Universidad Católica Silva Henríquez, con más de cuatro años de experiencia en atención clínica individual y grupal en entornos públicos y privados. Actualmente se desempeña como psicóloga en el Servicio de Psiquiatría de Adultos del Hospital Clínico Metropolitano El Carmen. En 2026 inicia el Magíster en Rehabilitación Neuropsicológica del Adulto y Personas Mayores en la Universidad Diego Portales.

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